Ignorante de mí. Aun me rio al recordarme sentado en el bar de siempre, en la mesa de siempre, con la cañita de siempre en la mano, sentado con los colegas de siempre, riendo sin ganas de las mismas tonterías de siempre que, para qué nos vamos a engañar, no tienen demasiada gracia.
Estaba pasando la crisis de los 30 a los 27, con un trabajo que me mantenía pero que yo aborrecía, un piso de alquiler de tamaño demasiado reducido para compartir con una especie de novia a la que no quería ni ella me quería a mí, con la que mantenía una ficción de amor porque pensábamos que no íbamos a encontrar a nadie mejor, unos amigos a los que sería más exacto llamar “colegas” y que sólo mostraban interés por el fútbol, las cañas y las tías buenas que pasaban por la calle. En ese orden.
Y si se me ocurría comentar que me gustaría… no sé, hacer un día rafting, visitar algún país extranjero, ir a un concierto de heavy metal… o algo por el estilo, tenía que aguantar miradas de desconcierto y de condescendencia. Como si dijesen “pobrecillo, pretende hacer algo imposible, dejémosle soñar”. Y entonces la idea moría como tantas otras formuladas anteriormente.
Estaba frustrado, lo tengo que reconocer, pero no puedes echar de menos algo que nunca has experimentado, así que me las apañaba bastante bien para “tirar pa’ lante”.
Cuando se abrió la puerta del bar lo último que tenía en la cabeza es que la persona que iba a entrar iba a cambiar el curso de mi vida hasta límites insospechados.
Desde el primer momento pudimos comprobar todo el bar que no era alguien normal y corriente. Entró en el bar una chica de esas que sólo se pueden describir como “alucinantes”. Guapa no, lo siguiente, irradiaba una especie de luz y de magnetismo por todos sus poros. Un cuerpazo de bandera enfundado en un vestido rojo sensual pero no descocado, vamos, una maravilla para la vista de cualquier tío. Con una melena castaña que caía lisa hasta la mitad de la espalda y unos ojos color miel que deberían estar prohibidos.
Todas las cabezas se giraban a su paso, pero ella no miró a nadie sino que se fue directamente a la barra. Sus pasos eran gráciles pero a la vez firmes, como dejando claro que ella era quien mandaba y que nadie se atreviese a dudarlo. Apoyó los codos en la barra y distraídamente echó un vistazo al local, deteniéndose de vez en cuando en algo o alguien pero sin variar la inescrutable expresión de su cara. Entonces sin previo aviso me miró a mí. Directamente. Me quedé paralizado, hechizado por sus ojos. Me sonrió y se dio la vuelta. Aunque fue simplemente una sonrisa fugaz, y aunque yo no me daría cuenta hasta un poco más tarde, con esa sonrisa me hizo total e irremediablemente suyo.
Todo el bar estaba en silencio, descaradamente, pero eso a ella no parecía importarle. Disfrutaba complaciendo a su público. Así que se oyó claramente como la criatura despampanante recién llegada le decía al camarero:
- Deme tres chupitos del tequila más caro que tenga.
“¡¿Qué?!” Esa era la pregunta que estaba en las mentes de los estúpidos que observábamos la escena, incluido el camarero que se la quedó mirando pensando que había entendido mal la petición. Ella puso cara de aburrimiento.
- Rápido por favor, no tengo todo el día.
El camarero salió del trance y enrojeció.
- Sí, sí, ahora mismo señorita.
- Bien.
Todos observábamos expectantes, incapaces de imaginar lo que iba a hacer a continuación. Ella con media sonrisilla puso los tres chupitos en fila. Cogió el primero y lo observó con atención. Acto seguido se lo bebió de un trago, siguiendo sin demora con los otros dos a igual velocidad. Ni un parpadeo, ni una mínima mueca. Acababa de beberse tres chupitos de tequila seguidos sin inmutarse. Iba a ser el acontecimiento de la semana en el bar.
Algunos rompieron a aplaudir, otros hicieron algún comentario y otros nos quedamos sin palabras. El bar comenzó a recuperar poco a poco la normalidad. Yo me quedé pensativo mirando al fondo de mi vaso y sin escuchar los comentarios de mis amigos cuando de repente se callaron y el que estaba a mi lado me dio un codazo.
Al levantar mi mirada la vi frente a mí. Mis pensamientos se atascaron. Sólo podía pensar “Dios mío, joder, es increíble, es fantástica”. Ella sonrió un poco como si me leyese el pensamiento, me levantó la cabeza cogiéndome suavemente por el mentón y me besó. Por un momento pensé que me iba a desmayar, nunca se me habría ocurrido que el tequila pudiese saber bien, pero así fue, un maravilloso beso con sabor alcohólico. Balbuceé algo así como que tenía novia y ella me miró con una sonrisa irónica y me dijo:
- Ven conmigo.
Me costó contestar, pero al final el miedo a quedar como un idiota delante de ella hizo que terminasen saliendo las palabras de mi boca.
- ¿Qué?
- Que vengas conmigo
- ¿Dónde quieres que vaya? Ni… ni siquiera sé cómo te llamas.
- Eso no importa, ¿vienes o no?
Supe que o respondía o ella se iría y yo habría perdido mi oportunidad. Mientras en mi cabeza se formaba un torbellino de ideas vi como ella se encogía de hombros y se daba la vuelta dispuesta a marcharse. Entonces tomé la decisión que cambió el curso de mi vida.
- ¡Espera!- grité - ¡Voy contigo!
Ella sonrió de nuevo como diciendo “ya lo sabía” y volvió a andar. Yo la seguí. Madre mía. Con una frase suya abandoné todos mis principios y la seguí.
- ¡Dime al menos cómo te llamas!
- Eso no importa. Si quieres ponerme algún nombre… llámame Tequila.
Declaración de intenciones
Quiero escribir. Si pudiese ser profesionalmente sería estupendo, pero de momento me conformo con que lo que escribo sea leído. Esto es uno de tantos experimentos que se hacen para comprobar lo difícil que es conseguir algo tan pequeño.
Pero dicen que la esperanza es lo último que se pierde, así que si algún navegante de la red naufraga en este rincón espero que disfrute de este intento de ¿novela? por capítulos que aquí iré dejando.
Pero dicen que la esperanza es lo último que se pierde, así que si algún navegante de la red naufraga en este rincón espero que disfrute de este intento de ¿novela? por capítulos que aquí iré dejando.
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